El debate político en redes sociales arde, pero no precisamente por la altura de las ideas. A las puertas del 8 de marzo, Colombia se asoma a un espectáculo de fragmentación que algunos osan llamar “democracia”, pero que tiene más de cálculo financiero y egos heridos que de verdadera vocación de poder. Tenemos tres consultas sobre la mesa, y ninguna parece entender que el país se juega su supervivencia.
La fragmentación del “anti” y el centro
Por un lado, la Gran Consulta se vende como el muro de contención contra el petrismo, pero nace coja. Al excluir a Abelardo de la Espriella —quien hoy dicta el ritmo de las encuestas en la derecha— por el veto de figuras como Vicky Dávila, David Luna o Mauricio Cárdenas, lo único que logran es atomizar la fuerza que dicen querer defender. Es una consulta de “excluidos” que se niegan a competir con el favorito.
En el otro extremo, el Frente por la Vida busca reciclar a la izquierda bajo un rótulo “alternativo”. Allí, Roy Barreras aterriza con su pragmatismo habitual, escoltado por un Daniel Quintero que llega a última hora tras habilitaciones judiciales, y con la notable ausencia de Iván Cepeda, quien por orden del CNE quedó fuera de este tarjetón. Finalmente, la Consulta de las Soluciones de Claudia López aparece como un artefacto extraño, más parecido a una estrategia de supervivencia mediática y financiera que a una propuesta real de país.
El absurdo de los $193.000 millones
Lo verdaderamente escandaloso no es la falta de unidad, sino el costo. En una economía que camina sobre cristales, destinar $193.000 millones a unas votaciones donde no participan los tres candidatos que lideran los sondeos es, sencillamente, un despilfarro.
A esto se suma el incentivo perverso de la reposición de votos. Con un valor fijado en $8.287 por sufragio, las consultas se han convertido en el negocio perfecto para candidaturas residuales. No buscan ganar la presidencia; buscan sanear sus finanzas o engordar el botín para las próximas regionales.
Entre lo residual y la última esperanza
Seamos francos: de los 16 nombres en la contienda de marzo, la única que proyecta una fuerza institucional capaz de trascender la consulta es Paloma Valencia. Su realismo político es refrescante; ha sido la única con la madurez de reconocer que, en una segunda vuelta, el apoyo a De la Espriella es una necesidad matemática y democrática.
Sin embargo, el panorama es sombrío. Mientras el antipetrismo se despedaza en vetos internos, las encuestas siguen mostrando a un Iván Cepeda consolidado y a un Abelardo que crece por fuera de las estructuras tradicionales. El riesgo es que, al final del día, el resultado de estas consultas solo sirva para confirmar que, en la política colombiana, suele valer más el “Roy conocido” que la “Paloma por conocer”.
Si la oposición no logra consolidar una base real este 8 de marzo, la “supervivencia democrática” pasará de ser un eslogan a una elegía.


































































