La historia de las subculturas juveniles en Argentina tiene un nuevo y desconcertante capítulo. Si hace dos décadas las plazas eran territorio de floggers y emos, hoy el paisaje se ve alterado por jóvenes que corren en cuatro patas, aúllan y reclaman una identidad que trasciende lo humano: los therians. Sin embargo, lo que para ellos es un “despertar espiritual”, para la sociedad comienza a ser un foco de conflicto legal y sanitario.
Más que un disfraz, una desconexión
A diferencia del cosplay o del movimiento furry —donde prima el juego de rol y el arte antropomórfico—, el therian no interpreta a un personaje; afirma ser el animal. Esta distinción es fundamental para entender la gravedad del asunto. Cuando un joven de 20 años intenta ser atendido en una veterinaria por “moquillo”, no estamos ante una expresión artística, sino ante una crisis de identidad que choca frontalmente con la estructura de la realidad social y biológica.
El fenómeno, potenciado por el algoritmo de TikTok y las prácticas de quadrobics, ha pasado de ser una curiosidad digital a una presencia física que genera fricción.
El límite: El derecho del otro
El punto de quiebre de cualquier libertad individual es el daño a terceros. Las denuncias por mordeduras en Córdoba y el acoso a menores en espacios públicos no pueden ser desestimadas como “rarezas de la juventud”.
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La violencia no es identidad: Un ataque físico, sea por parte de un humano o de alguien que se autopercibe lobo, sigue siendo una agresión punible bajo las leyes de lesiones personales.
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La responsabilidad adulta: Resulta llamativo que el rango etario se extienda hasta los 30 años. No estamos hablando solo de adolescentes explorando límites, sino de adultos funcionales que optan por una despersonalización extrema.
Entre la espiritualidad y la salud mental
Si bien la ciencia no etiqueta el “therianismo” como un trastorno específico, es imposible ignorar las señales de alerta. El uso de máscaras y accesorios como escudo frente a la realidad podría ser el síntoma de una profunda dificultad de socialización o de traumas no resueltos que encuentran refugio en la “libertad” del instinto animal.
“La identidad es un proceso de construcción, pero cuando esa construcción exige la anulación de la condición humana para interactuar con el mundo, el individuo queda en una vulnerabilidad absoluta.”
Conclusión
La sociedad argentina, históricamente abierta a las vanguardias y subculturas, se enfrenta a un desafío pedagógico y legal. Debemos separar el respeto por la espiritualidad ajena de la permisividad ante conductas de riesgo. Aullar en una plaza es un derecho; morder a un ciudadano es un delito. El desafío será integrar a estos jóvenes sin validar el desvarío de quienes, en su afán de ser “fieles a su animal interior”, olvidan las responsabilidades de su realidad humana.


































































