El calendario no miente y la democracia no espera. Este 2 de marzo, mientras muchos en Colombia aún debaten las coaliciones en los cafés, las urnas ya se han abierto en 67 países. No es un simulacro: es el inicio formal de la carrera por el Congreso y la Presidencia de 2026. Con más de 1.2 millones de colombianos habilitados para votar en el exterior, la mal llamada “diáspora” ha dejado de ser un grupo de espectadores nostálgicos para convertirse en un bloque electoral determinante.
Es fascinante, y a la vez imperativo, analizar lo que está en juego. Estamos ante un censo electoral internacional que supera la población de varias capitales departamentales. Países como Estados Unidos, España y Venezuela concentran un poder de decisión que podría inclinar la balanza en la conformación de un Congreso que, al final del día, será el encargado de frenar o acelerar las reformas estructurales del país.
El mito del “voto que no cuenta”
Existe la falsa percepción de que el colombiano que se fue pierde su conexión con la realidad nacional. Nada más alejado de la verdad. Quien emigra suele hacerlo cargando a cuestas las consecuencias de las políticas públicas de su tierra; su voto es, muchas veces, un acto de memoria y una apuesta por un retorno digno o por el bienestar de la familia que dejó atrás.
La logística desplegada por la Registraduría, con casi 2.000 mesas en el mundo, subraya una realidad: el voto exterior es el termómetro temprano de la nación. Lo que suceda entre este lunes y el próximo domingo 8 de marzo nos dará las primeras luces sobre el apetito de cambio o la nostalgia por la estabilidad que siente el electorado.
La responsabilidad del domingo 8
El cierre de esta jornada internacional coincide con el momento en que el país entero debe volcarse a las urnas. La elección de congresistas y la participación en las consultas interpartidistas no son trámites burocráticos; son la construcción del blindaje o la plataforma del próximo Ejecutivo.
“Las leyes que se redactan en el Capitolio no se quedan en el papel: se traducen en impuestos, en acceso a salud, en seguridad jurídica y en la calidad de vida de cada ciudadano.”
No participar es, en la práctica, entregarle el poder de decisión a quienes sí tienen intereses claros, que no siempre coinciden con el bienestar común. Si usted tiene su cédula —amarilla o digital—, tiene en sus manos la herramienta más poderosa de transformación social.
Este domingo 8 de marzo, la invitación es a vencer la apatía. El destino de Colombia no se decide solo en la Casa de Nariño, se decide en cada mesa de votación, desde Madrid hasta Miami, y desde Leticia hasta La Guajira. Salga y vote; su futuro, y el de quienes vienen, depende de ese trazo sobre el papel.


































































