La noticia del fallecimiento de Jairo Prado Roldán, notario de Zarzal e hijo de la exgobernadora Clara Luz Roldán, ha dejado un vacío que trasciende las fronteras del Valle del Cauca. A sus 36 años, Prado Roldán no solo era un funcionario clave en el engranaje institucional del departamento, sino el rostro de una realidad que solemos ignorar: la vulnerabilidad humana que persiste tras el blindaje del servicio público y la política.
El peso del apellido y la soledad del cargo
A menudo, la opinión pública percibe a las figuras políticas y a sus familias como entidades de granito, inmunes a las tormentas emocionales que azotan al ciudadano común. Sin embargo, el suceso en Rozo nos obliga a bajar la guardia y reconocer que, detrás de los cargos notariales y las trayectorias de liderazgo, hay individuos enfrentando presiones que pocas veces se verbalizan.
La muerte de un hombre joven, en pleno ejercicio de sus funciones y con un legado familiar de peso, dispara alarmas que no podemos permitirnos ignorar. El Valle del Cauca hoy no solo llora a un abogado; se enfrenta a la pregunta incómoda sobre el bienestar integral de quienes sostienen nuestras instituciones.
Un llamado urgente a la salud mental
Aunque las investigaciones forenses darán la última palabra, el contexto nacional ya ha comenzado a leer este suceso bajo la lupa de la salud mental. Es imperativo que las instituciones dejen de ver el apoyo psicológico como una “prestación opcional” y empiecen a tratarlo como una columna vertebral de la función pública.
“La carga emocional de quienes gestionan la legalidad y el poder político en Colombia es inmensa. Ignorar el agotamiento o el dolor personal de los funcionarios es una negligencia social que estamos pagando con vidas.”
Solidaridad con una líder
Más allá del debate estructural, queda la figura de Clara Luz Roldán. La exgobernadora, conocida por su resiliencia en la gestión deportiva y política, hoy enfrenta el reto más humano y devastador: la pérdida de un hijo. En este momento, el Valle debe responder con la misma altura con la que ella ha servido al departamento, recordándonos que, antes que gobernantes o notarios, somos seres humanos unidos por la fragilidad.
La partida de Jairo Prado Roldán no debe quedar solo en las páginas judiciales. Debe ser un punto de inflexión para humanizar la política, para vigilar la salud emocional de nuestros líderes y para entender que la paz de un departamento también depende de la paz mental de quienes lo habitan y lo dirigen.


































































