La reciente denuncia de la Secretaria de Gobierno del Cauca, Maribel Perafán Gallardo, sobre los ataques con drones cargados de explosivos en Cajibío y Mondomo, no es solo un reporte judicial más; es la confirmación de una mutación oscura en el conflicto que desangra al departamento. El cielo, que debería ser símbolo de libertad, se ha convertido en el origen de una amenaza silenciosa y letal.
El uso de Artefactos Explosivos Improvisados (AEI) lanzados desde aeronaves no tripuladas marca un punto de inflexión peligroso. Ya no hablamos solo de enfrentamientos en tierra o minas antipersonales; hablamos de una guerra asimétrica donde los grupos criminales utilizan tecnología de fácil acceso para aterrorizar a la población civil y desafiar la presencia del Estado desde las alturas.
Un desafío a la soberanía y la seguridad
Lo ocurrido en el norte y centro del Cauca evidencia tres realidades críticas que el Gobierno Nacional debe priorizar:
- Vulnerabilidad Civil: Los drones no distinguen entre objetivos militares y hogares campesinos. El riesgo de “daño colateral” es altísimo y mantiene a comunidades enteras en un estado de zozobra permanente.
- Evolución Criminal: La sofisticación de estos ataques sugiere una capacidad logística y técnica que requiere una respuesta de inteligencia militar de igual o mayor escala.
- Urgencia de Articulación: Como bien señala la Gobernación, el respaldo a la Fuerza Pública es vital, pero debe ir acompañado de una estrategia del Ministerio de Defensa que incluya tecnología de inhibición de señales y defensa antiaérea adaptada a estas nuevas modalidades.
Más allá de la condena
Rechazar de manera contundente estos hechos es el paso institucional necesario, pero la ciudadanía caucana exige resultados que trasciendan los comunicados de prensa. La presencia de las autoridades en el territorio, mencionada por Perafán, debe traducirse en el desmantelamiento de las unidades que operan estos dispositivos y en una inversión social que le quite terreno a la ilegalidad.
El respaldo al Ejército y la Policía es fundamental, pero la “tranquilidad del Cauca” no se recuperará solo con patrullajes. Se requiere una ofensiva diplomática y jurídica contra quienes proveen esta tecnología para fines terroristas.
El Cauca ha sido, históricamente, el laboratorio de muchas formas de violencia en Colombia. Es hora de que también sea el escenario donde el Estado demuestre que su capacidad de proteger a la gente es superior a la inventiva del terrorismo.
La paz en el departamento no puede seguir suspendida de un hilo, ni mucho menos, amenazada por lo que cae del cielo.

































































