El día después de las elecciones, Colombia amanece con un guayabo compartido. Para unos, es la amargura de la derrota; *para otros, la euforia de la victoria celebrada con excesos*. Pero más allá de la resaca física o emocional, lo que queda cuando se retiran las vallas y se apagan los jingles es una pregunta incómoda: *¿qué tan sólida es nuestra cultura política cuando no hay urnas de por medio?*
Desde finales de los años noventa, he observado cómo la *política nacional se mueve en un bucle eterno*. Cambian los nombres, pero las prácticas, desinformación, clientelismo y esa brecha abismal entre el ciudadano y lo público, parecen grabadas en piedra. No es solo un fallo de las instituciones; es una erosión *silenciosa del zoon politikon* que describía Aristóteles. Hoy, aunque el acceso al voto es más inclusivo que nunca, el espíritu deliberativo parece estar en cuidados intensivos.
El peligro del “que roben, pero que hagan”
En el Cauca y en el resto del país, hemos normalizado frases que son verdaderos venenos para la ética pública. Decir que *“todos se tapan con la misma cobija” o aceptar con resignación que un gobernante “robe, pero haga”, es la capitulación final de la ciudadanía*. Es transformar la política, que debería ser la búsqueda del bien común, en un simple intercambio de favores.
Esta lógica nos ha llevado a una *indignación selectiva*. Somos implacables con el error del adversario, pero vergonzosamente indulgentes con las faltas del candidato propio. *Cuando la moral se vuelve elástica según el color de la bandera, la transparencia deja de ser un principio para convertirse en un arma arrojadiza*.
*Ciudadanos de tiempo completo*
El riesgo de nuestra democracia es terminar como la *sociedad de Fahrenheit 451*: un lugar donde el pensamiento crítico es reemplazado por el entretenimiento superficial y el conformismo. Muchos ciudadanos se comportan como el 29 de febrero: aparecen cada cuatro años para depositar un voto y luego desaparecen del mapa de la responsabilidad civil.
Ser ciudadano no es un evento cuatrienal; es un ejercicio cotidiano de vigilancia, de exigencia de rendición de cuentas y de reconstrucción del sentido de lo colectivo. *La democracia no se agota en las urnas; de hecho, es allí donde apenas comienza el verdadero trabajo*.
Si queremos dejar de despertar con el “guayabo” de la desilusión, debemos empezar por entender que el destino común no se delega, se construye. *Como Guy Montag en la obra de Bradbury*, es hora de dejar de “quemar” nuestra memoria política y empezar a preservar el pensamiento crítico como la única herramienta capaz de rescatar nuestra dignidad pública.
*Columnista Invitado*:
*Duvalier Sebastián Cifuentes Fajardo*
*Sebascifuentes20001@gmail.com*
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