La historia de Colombia suele escribirse con los nombres de quienes ostentan el poder, pero se sostiene sobre los hombros de quienes, desde los márgenes y la resistencia, se atrevieron a cuestionarlo. Yira Castro es, sin duda, una de esas figuras imprescindibles. Su vida no fue una sucesión de eventos fortuitos, sino una decisión consciente de abrazar la palabra como arma y la convicción política como brújula, incluso cuando el costo de ambas era el destierro o la celda.
Releer la trayectoria de Yira es asomarse a una de las épocas más asfixiantes de nuestra democracia. Resulta estremecedor recordar que, a los pocos años de casarse con Manuel Cepeda Vargas, ya conocía el frío de la cárcel del Buen Pastor,en medio de la persecución estatal contra militantes de izquierda durante el gobierno de Guillermo León Valencia, abuelo de la actual candidata a la presidencia de Centro democrático. Esa persecución, lejos de amilanarla, forjó un carácter de acero. Para Castro, el periodismo no era un oficio de escritorio; era un ejercicio de supervivencia y de visibilización de las injusticias que el sistema prefería ignorar.
“Su vida fue un testimonio de que, para ciertos periodistas en Colombia, la verdad no solo es una meta ética, sino un riesgo físico.”
El exilio en Praga y su labor en la agencia CTK nos muestran a una mujer de visión cosmopolita, capaz de entender las tensiones del “telón de acero” mientras mantenía el corazón puesto en la convulsa realidad colombiana. Pero quizás el episodio más humano y doloroso de su biografía es su regreso a los setenta. Vivir en la clandestinidad bajo el Estatuto de Seguridad de Turbay Ayala, cambiando de refugio y viendo a sus hijos en escondites, retrata la crueldad de un Estado que perseguía el pensamiento disidente como si fuera un crimen de guerra.
Su paso por el Concejo de Bogotá en 1980 fue breve, truncado por un tumor cerebral que la venció mucho antes de lo que su voluntad habría permitido. Sin embargo, su legado no se mide en años de servicio público, sino en la coherencia. Yira murió joven, dejando a un hijo, Iván Cepeda, que heredaría no solo su apellido, sino el peso de una lucha que aún hoy sigue vigente.
Recordar hoy a Yira Castro es un acto de justicia poética. En un tiempo donde el periodismo a veces se pierde en la inmediatez y el espectáculo, su figura nos recuerda que la prensa con carácter es aquella que se planta firme frente a la persecución. Yira no solo fue la esposa de un líder o la madre de un senador; fue una intelectual que entendió que la libertad de expresión es el primer territorio que la tiranía intenta conquistar, y que defenderlo vale, literalmente, la vida entera.


































































