El panorama político colombiano de cara a mayo de 2026 presenta una paradoja fascinante. Por un lado, la disciplina del Centro Democrático ha rendido frutos: Paloma Valencia no solo se consolidó como la ganadora indiscutible de la Gran Consulta por Colombia (superando el 47% de los votos internos), sino que su favorabilidad en las encuestas de marzo ha dado un salto exponencial, pasando de un modesto 1% a un sólido 16% en la medición de GAD3.
Sin embargo, este “renacer” uribista podría ser una victoria pírrica si no se lee con cuidado el tablero general. Mientras la derecha celebra el repunte de su figura más orgánica, la fragmentación del sector , dividido entre el fervor de Valencia y el personalismo de figuras como Abelardo de la Espriella, le está pavimentando el camino a la izquierda.
El Techo y el Estancamiento
Es cierto que Iván Cepeda parece haber tocado un techo. Las encuestas lo ubican con una intención de voto que oscila entre el 35% y el 43%. Aunque se habla de un “estancamiento”, lo real es que en casi todos los escenarios de segunda vuelta, Cepeda se impondría. La derecha, en su afán de medir fuerzas internas, olvida que la suma aritmética de sus partes no siempre se traduce en unidad electoral. Si la intención de voto sigue dispersa, el Pacto Histórico retendrá la Casa de Nariño casi por inercia.
El Factor Étnico y Territorial
Lo que muchos analistas en Bogotá subestiman es la fuerza de las comunidades indígenas y el empuje del Cauca. La consolidación de figuras como Aída Quilcué, sumada al respaldo territorial en el suroccidente del país, sugiere que este sector no solo será decisivo, sino que podría ser el gran “ganador” estratégico. Su capacidad de movilización ha demostrado ser el motor que mantiene viva la esperanza del bloque progresista, incluso cuando el candidato presidencial parece no crecer más.
Conclusión: ¿Unión o Derrota?
La derecha colombiana se encuentra en una encrucijada. La disciplina uribista ha logrado rescatar a Paloma Valencia del fondo de las encuestas, pero la desunión sigue siendo su mayor enemigo. Si el ego y la fragmentación prevalecen sobre una estrategia de coalición real, el 2026 no será el año del retorno del uribismo, sino la confirmación de que la izquierda, aun estancada, ha aprendido a administrar su ventaja.


































































