La memoria de un país suele ser corta, pero hay cicatrices que el tiempo no logra borrar. *El 20 de febrero de 2002, Colombia se despertó con una noticia que parecía extraída de una novela de ficción distópica: un avión comercial, con ciudadanos de a pie y el senador Jorge Eduardo Géchem a bordo*, fue obligado a aterrizar en una carretera del Huila. Ese acto de barbarie no solo fue un desafío al Estado; fue el clavo final en el ataúd de los Diálogos del Caguán.
Hoy, décadas después, el eco de las balas en el Putumayo y los ataques contra nuestros soldados, *hoy la gente presume y ya resalta que no fue un accidente casual sino un atentado a la moral de nuestro héroes de la patria* , esos hombres que sostienen sobre sus hombros la soberanía nacional, nos devuelven a esa misma encrucijada. La historia parece un círculo vicioso donde la buena voluntad del Estado es respondida con la misma moneda de siempre: sangre y fuego.
*El síntoma de la permisividad*
Lo que ocurrió en el Huila hace 24 años fue el resultado de una confianza excesiva en la voluntad de paz de quienes solo conocen el lenguaje de la fuerza. *Lo que sucede hoy en el Putumayo es, lamentablemente, el síntoma de una falta de determinación clara*. No se puede hablar de paz mientras el uniforme de la patria sigue siendo blanco de ataques impunes.
- *La soberanía no se negocia:* Cuando una carretera se convierte en pista de aterrizaje para delincuentes, o un departamento se vuelve una zona de tiro para los soldados, el concepto de autoridad se desvanece.
- *El valor de la fuerza pública:* Nuestros militares no son piezas de ajedrez en un tablero político; son el escudo de una nación que clama por seguridad.
*La necesidad de un rumbo decidido*
El secuestro de Géchem fue *el detonante que llevó a los colombianos a exigir un cambio radical de estrategia. Ese evento despertó a un país que estaba cansado de ver cómo el territorio se le escapaba de las manos*.
Hoy, el gobierno se encuentra en un punto de no retorno. *No basta con lamentar las bajas en redes sociales o emitir comunicados de rechazo.* Colombia necesita un liderazgo que entienda que la paz no es la ausencia de conflicto, sino la presencia firme de la ley y el orden. *La historia nos ha enseñado, a golpes, que la generosidad sin autoridad es interpretada como debilidad por los violentos*.
*”Un pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla”*. Es momento de que los episodios del pasado sirvan para que, de una vez por todas, *el Estado colombiano recupere la decisión de proteger a quienes nos protegen y de asegurar que ningún avión, y ninguna carretera, vuelvan a ser propiedad de la ilegalidad*.
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