La Semana Santa en Colombia, tradicionalmente un espacio de recogimiento y descanso, ha vuelto a teñirse de luto en las carreteras. El balance entregado por las autoridades es desolador: 72 vidas truncadas y 326 personas heridas. Detrás de la frialdad de las cifras de los 240 siniestros reportados, se esconden familias fragmentadas y una pregunta que se repite año tras año: ¿por qué no logramos frenar la sangría en las vías?
La Trampa del Volumen y la Velocidad
El informe del coronel Jair Parra es claro al señalar que el alto flujo vehicular fue un factor determinante. Con más de 9,2 millones de vehículos circulando, la infraestructura del país se somete a una prueba de esfuerzo que, lamentablemente, muchas veces supera la capacidad de respuesta de los conductores.
Sin embargo, culpar exclusivamente al volumen de tráfico sería una lectura superficial. El incremento del 7% en el transporte terrestre respecto al 2025 demuestra que el país se mueve más, pero no necesariamente mejor. La combinación de vías saturadas, el afán por el retorno y, posiblemente, el exceso de velocidad o la impericia, crean el escenario perfecto para la tragedia.
Cifras que Duelen
Para entender la magnitud del problema, vale la pena desglosar el impacto de esta temporada:
| Categoría | Cifra Reportada |
| Fallecidos | 72 |
| Heridos | 326 |
| Siniestros viales | 240 |
| Vehículos movilizados | +9.2 Millones |
¿Más Control o Más Conciencia?
A pesar de los operativos desplegados por la Policía de Tránsito, la siniestralidad no da tregua. Esto nos lleva a una reflexión necesaria sobre la responsabilidad individual. El despliegue de fuerza pública es insuficiente si el usuario de la vía no asume que conducir en temporada alta requiere una dosis extra de paciencia y prudencia.
El crecimiento en el sector aéreo (un 4% al alza) sugiere que una parte de la población busca alternativas para evitar el caos terrestre, pero para la gran mayoría de los colombianos, la carretera sigue siendo la única opción. Es allí donde el Estado debe reforzar no solo el control punitivo, sino la infraestructura y la educación vial.
Conclusión
Cerrar una festividad con 72 muertos no puede ser aceptado como una “cuota normal” de la movilidad. Mientras las proyecciones de viajeros sigan creciendo, las estrategias de seguridad vial deben evolucionar al mismo ritmo. No basta con contar vehículos al pasar por un peaje; es imperativo salvar las vidas que van dentro de ellos. La Semana Santa debe ser un tiempo para volver a casa, no para quedarse en el camino.
“La seguridad vial no es un producto del azar, sino de la suma de decisiones responsables entre el Estado que vigila y el ciudadano que conduce.”


































































