El anuncio de la Gobernación del Cauca sobre el inicio del proyecto agrícola en Inzá no es solo una cifra de beneficiarios (250 familias) o una lista de veredas como Yaquiva o Turmina. Es, en esencia, un reconocimiento tardío pero necesario de que la verdadera seguridad de una región no se mide en asfalto, sino en la capacidad de su gente para llenar la mesa con lo que siembra.
Más allá del bulto de abono
Históricamente, los proyectos rurales en Colombia han pecado de ser “asistencialistas de ventanilla”: se entrega el insumo, se toma la foto y se deja al campesino a su suerte. Sin embargo, lo que se plantea para estas veredas de Inzá parece romper ese ciclo al incluir la asistencia técnica y la autonomía como ejes centrales.
No se trata solo de regalar semillas; se trata de transferir conocimiento. La implementación de huertas familiares es una estrategia brillante por su sencillez: devuelve al campesino el control sobre su dieta y reduce la dependencia de los mercados externos, donde los precios parecen jugar a la ruleta rusa con el hambre de los más vulnerables.
El campo como tejido, no como empresa
Es refrescante leer que el proyecto apuesta por el tejido productivo. En una zona que ha sentido el rigor del conflicto y el olvido estatal, fortalecer la producción propia es una forma de resistencia civil. Una comunidad que produce es una comunidad que se queda en su territorio, que no migra a los cinturones de miseria de las ciudades y que protege su biodiversidad.
“La autosuficiencia no es un retroceso al pasado, es la tecnología de supervivencia más avanzada que tenemos frente a la crisis climática y económica.”
Los retos del mañana
Sin embargo, no podemos pecar de optimismo ciego. Para que estas 250 familias en San Andrés o Pedregal realmente consoliden prácticas sostenibles, el acompañamiento debe ser real y constante. El reto será:
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La comercialización: ¿Qué pasará con los excedentes de esas huertas?
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La infraestructura: ¿Habrá vías para que esa “dinamización económica” no se quede atascada en el barro?
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La permanencia: Que el proyecto no termine cuando se acabe el presupuesto del contrato actual.
Inzá tiene ahora una oportunidad de oro. Si estas semillas germinan con el rigor técnico prometido, estaremos viendo el nacimiento de un modelo de resiliencia que el resto del Cauca debería envidiar y replicar. Al final del día, un campo que se alimenta a sí mismo es un campo que nadie puede doblegar.


































































