El ajedrez político colombiano ha entrado en una fase de movimientos arriesgados. La propuesta del presidente Gustavo Petro de convocar a una Asamblea Nacional Constituyente para destrabar sus reformas sociales ha generado un sismo cuyas réplicas se sienten, con especial fuerza, en su propio círculo de aliados. El distanciamiento de Roy Barreras, actual embajador y figura clave en el engranaje del progresismo, no es un simple matiz; es una señal de alerta sobre la estabilidad institucional del país.
El pragmatismo frente a la ruptura
Roy Barreras ha sido, quizás, el operador político más eficaz del “Gobierno del Cambio”. Sin embargo, su negativa a respaldar una Constituyente revela una lectura pragmática del momento actual. Mientras Petro ve en la Constitución de 1991 un corsé que impide la “voluntad popular”, Barreras la entiende como el suelo firme sobre el cual debe construirse cualquier transformación.
Las razones del distanciamiento de Barreras se pueden resumir en tres ejes críticos:
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La incertidumbre jurídica: Barreras advierte que abrir un proceso constituyente es, en sus propias palabras, “abrir una caja de Pandora”. En un país con instituciones bajo tensión, reescribir las reglas del juego puede derivar en un periodo de inestabilidad que ahuyente la inversión y paralice el Estado.
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El riesgo de los derechos adquiridos: Existe el temor fundado de que, en un ambiente de alta polarización, una Asamblea no solo discuta las reformas de Petro, sino que se convierta en un escenario donde sectores de extrema derecha o intereses particulares intenten retroceder en derechos fundamentales ya consolidados.
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La viabilidad política: Convocar una Constituyente requiere pasar por el mismo Congreso que hoy bloquea las reformas. Para Barreras, es un contrasentido táctico: si no hay votos para una ley de salud, difícilmente habrá votos para una ley que convoque a una nueva Constitución.
¿Cambio de reglas o cambio de ejecución?
El argumento de Petro se basa en un supuesto “bloqueo institucional”. No obstante, la postura de figuras como Barreras subraya una verdad incómoda: el problema podría no estar en la Carta Magna, sino en la capacidad de gestión y concertación del Ejecutivo. La Constitución de 1991 es lo suficientemente flexible para permitir reformas profundas; lo que falta, parece sugerir Barreras, es el consenso político para tramitarlas.
“El país necesita certezas, no saltos al vacío. La democracia se fortalece cumpliendo las normas, no cambiándolas cada vez que el resultado legislativo es adverso.”
Un termómetro electoral
Este distanciamiento también tiene un tinte estratégico. Con la mirada puesta en el futuro y la necesidad de atraer a los sectores moderados, Barreras se posiciona como el “adulto en la sala”. Al marcar distancia, busca ofrecer una alternativa de izquierda o centro-izquierda que sea reformista pero institucional, diferenciándose del tono más radical que ha adoptado el ala “petrista” pura, representada por figuras como Daniel Quintero.
Conclusión
La Constituyente de Petro se presenta como una medicina heroica para un paciente —el Estado colombiano— que, según él, está infartado por la burocracia y las élites. Sin embargo, para aliados como Roy Barreras, el remedio puede ser más letal que la enfermedad. En este pulso, lo que está en juego no es solo el éxito de unas reformas, sino la preservación del pacto social más importante de nuestra historia reciente.
La pregunta queda en el aire: ¿Es necesario derribar la casa para ampliar las habitaciones, o simplemente hace falta un mejor arquitecto para remodelarla?



























































