El país conoció su nombre entre el estruendo de una tragedia, pero la verdadera historia de Waisman Mora no se cuenta en pasado, sino en la persistencia de una imagen bien lograda. Waisman no fue solo el fotógrafo de Yeison Jiménez; fue un arquitecto de realidades visuales que entendió que, para capturar la grandeza de un escenario, primero hay que aprender a observar la sencillez de una hormiga.
Su trayectoria es el reflejo de esa “berraquera” que define al santandereano: una mezcla de terquedad creativa y una exigencia que no admite mediocridades. Aunque creció en los barrios populares de Bogotá, su ADN y su formación familiar estaban profundamente anclados en Santander. Su padre, Smith Mora, sembró en él esa ética de trabajo propia de la región: la del hombre que se hace a pulso, que no espera que le regalen nada y que honra sus raíces a través del éxito profesional.
El sello de Santander en el lente
La relación de Waisman con el departamento no era solo un dato en su registro civil; era su refugio y su escuela de observación. Sus viajes constantes a Barrancabermeja, sus recorridos por el Cristo Petrolero, el sector de Miramar y la Isla San Silvestre, no eran simples vacaciones. Eran el escenario donde aquel “niño casero” de Ciudad Bolívar educaba el ojo.
Allí, bajo el sol incandescente del puerto petrolero, Waisman demostraba esa paciencia santandereana que otros confunden con terquedad. Mientras otros pasaban de largo, él podía quedarse horas esperando que una iguana moviera la cabeza o que una hormiga tomara la posición exacta. “Yo no sé qué le ve”, decía su padre. Waisman, en silencio, estaba capturando la esencia de lo que otros ignoraban. Esa capacidad de dignificar lo pequeño es lo que luego llevaría a las grandes tarimas del país.
De la exigencia a la mesa compartida
Waisman encarnaba el ideal de la superación regional: el hijo de una familia que, con raíces en una tierra de luchadores, logró romper el ciclo de la falta de oportunidades. Su frase de cabecera, “tenemos que ser los número uno”, no era arrogancia; era el estándar de calidad de quien sabe que el nombre de su familia y de su origen está en juego en cada clic de la cámara.
Pero más allá del profesional técnico y riguroso, queda el hombre que nunca olvidó de dónde venía. El éxito para él solo cobraba sentido cuando se convertía en generosidad: en llevar a sus padres a lugares “de categoría” y decirles con orgullo: “Pidan lo que quieran”. Esa es la máxima expresión de la nobleza santandereana: trabajar duro para que los suyos no vuelvan a conocer “las menudencias”.
Hoy, cuando el video de su despedida inunda las redes, es imperativo mirar más allá del clip efímero. Debemos recordar al artista que, con la disciplina de un santandereano de cepa, nos enseñó que la belleza no siempre está en el centro del escenario, sino a veces, en el ángulo exacto de una hormiga que cruza el patio en Barrancabermeja. Waisman Mora se fue, pero su mirada , esa que exigía que siempre vendrán cosas mejores— se queda grabada como su mejor fotografía.


































































