El reclutamiento forzado en el Cauca ha dejado de ser una “consecuencia colateral” del conflicto para convertirse en lo que es: una estrategia sistemática de desmantelamiento cultural. Lo que se socializó recientemente en la Universidad Autónoma Indígena Intercultural (UAIIN-CRIC), de la mano con INDEPAZ, no es solo un conjunto de cifras estadísticas del 2025; es el grito de auxilio de un tejido social que se desgarra fibra a fibra.
Cuando un grupo armado se lleva a un niño o niña indígena, no solo está reclutando a un combatiente. Está secuestrando a un futuro sabedor, a una autoridad tradicional, a un guardián de la lengua y a un protector del territorio. Como bien se afirmó en el espacio de reflexión, el reclutamiento no solo asesina cuerpos: asesina la memoria.
Una Guerra que Muta y se Camufla
El informe de INDEPAZ arroja una luz alarmante sobre la naturaleza cambiante de esta violencia. Ya no solo hablamos del fusil al hombro por la fuerza; hoy el reclutamiento es multidimensional. Se filtra por las redes digitales, se aprovecha de las carencias económicas y se adapta a las nuevas dinámicas del territorio. Esta sofisticación del horror exige que el Estado y la sociedad civil dejen de mirar hacia otro lado.
La presencia de figuras como la senadora Aida Quilcué refuerza una verdad incómoda: la paz se ha quedado en el discurso de las capitales mientras el desescalamiento brilla por su ausencia en las veredas. La escucha activa de las juventudes no puede ser un ejercicio retórico; debe ser el eje de una política de protección que entienda que, para un joven indígena, el territorio es la vida misma.
El Mandato de la Resistencia
A pesar del asedio, el mandato de las autoridades del CRIC es inamovible: ningún hijo de la tierra debe ser parte de la guerra. Esta postura no es solo política, es un acto de supervivencia ancestral. El informe “Reclutamiento Forzado 2025” debe servir como algo más que un documento de archivo; tiene que ser el catalizador de una respuesta urgente e integral.
“Romper el tejido cultural es la forma más efectiva de borrar a un pueblo.”
Si permitimos que el conflicto siga arrebatando a la niñez del Cauca, no solo estaremos perdiendo una generación; estaremos presenciando el fin de cosmogonías enteras. La paz verdadera no llegará con la firma de un papel, sino el día en que un niño nasa, misak o yanacona pueda caminar por su territorio con un libro o una herramienta de labranza, sin el temor de que su futuro sea canjeado por un uniforme que no le pertenece.
Es hora de entender que cada joven reclutado es una lengua que se silencia y un saber que se apaga. El Cauca no aguanta un informe más que solo documente su tragedia; exige acciones que protejan su esperanza.


































































