La noticia ha caído como un martillo sobre el yunque de la geopolítica mundial: Nicolás Maduro ha sido capturado. Tras años de tensiones, sanciones y un estancamiento que parecía eterno, el gobierno de Donald Trump ha optado por el camino de la fuerza bruta, ejecutando un “ataque a gran escala” que no solo desmantela la estructura del chavismo en el poder, sino que redefine por completo el concepto de soberanía en el siglo XXI.
El Fin del Atrincheramiento
Durante más de una década, Venezuela fue un laberinto sin salida. El anuncio de Trump desde Mar-a-Lago —confirmando la captura de Maduro y Cilia Flores tras bombardeos en enclaves estratégicos como Fuerte Tiuna y La Carlota— marca el final de una era de resistencia retórica. Sin embargo, lo que para Washington es una “operación brillante”, para la región es un salto al vacío con consecuencias impredecibles.
El uso de helicópteros Chinook y ataques aéreos coordinados en plena madrugada caraqueña no es solo una operación de extracción; es una declaración de que Estados Unidos está dispuesto a volver a la era de las intervenciones directas en su “patio trasero”.
Las Cicatrices del Estruendo
Mientras los comunicados oficiales hablan de éxitos militares, los testimonios de los ciudadanos en Caracas pintan una realidad mucho más cruda. Las ventanas retumbando, el sonido de las ametralladoras antiaéreas y las columnas de humo no son solo efectos colaterales; son el trauma de una población que, tras años de crisis humanitaria, ahora debe enfrentar el horror de la guerra urbana.
La reacción de Gustavo Petro en Colombia, ordenando la movilización de tropas a la frontera, es la primera señal de la onda de choque. Petro tiene razón en algo: esto no termina con la captura de un hombre. El vacío de poder en un país inundado de armas, grupos irregulares y economías ilícitas podría desencadenar una crisis migratoria y de seguridad que supere todo lo visto anteriormente.
¿Justicia o Precedente Peligroso?
No se puede ignorar el historial de violaciones a los derechos humanos y la deriva dictatorial de Maduro, pero la forma en que se ha producido su caída abre interrogantes legales profundos. El régimen chavista, antes de colapsar, denunció la violación de la Carta de las Naciones Unidas. Aunque su legitimidad era nula para gran parte de la comunidad internacional, el método de “ataque a gran escala” sienta un precedente que pondrá a prueba las relaciones diplomáticas de Estados Unidos con el resto del continente.
Conclusión
Hoy, Venezuela amanece sin el dictador que la hundió en la miseria, pero lo hace bajo el humo de las explosiones y la incertidumbre de una ocupación o un gobierno de transición impuesto por la fuerza. La “operación brillante” de Trump ha logrado lo que años de diplomacia no pudieron, pero el costo de la paz —y la reconstrucción de una nación fragmentada— apenas comienza a cobrarse. La pregunta ya no es si Maduro se fue, sino qué quedará de Venezuela después del fuego.
Columnista : MARCELO A. ARANGO MOSQUERA
DIRECTOR CORPORACION COLOMBIA EXTREMO


































































