La política internacional rara vez se mueve por sentimientos o lealtades ideológicas permanentes; se mueve por intereses y realidades sobre el terreno. Las recientes declaraciones del Secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, en su entrevista con CBS, han caído como un balde de agua fría sobre las aspiraciones de la oposición venezolana liderada por María Corina Machado y Edmundo González.
Tras la captura de Nicolás Maduro, el guion parecía escrito: una transición democrática liderada por quienes, según las actas del 28 de julio, ostentan la legitimidad popular. Sin embargo, la Casa Blanca parece estar redactando un libreto distinto, uno donde el pragmatismo militar pesa más que los votos.
1. El factor de la “presencia real”
La justificación de Rubio para descartar a Machado es tan cruda como lógica desde la óptica del poder: “la gran mayoría de la oposición ya no está presente en Venezuela”. Mientras Machado insiste en un mandato constitucional inmediato, Washington mira hacia quienes sostienen los fusiles hoy mismo. Al condicionar el apoyo de EE. UU. a la “cooperación” de los actuales mandos militares, el gobierno de Trump envía un mensaje claro: prefieren un orden controlado por figuras del antiguo régimen que “tomen las decisiones correctas” antes que el vacío de poder que podría suponer una transición civil accidentada.
2. El petróleo como muro de contención
Rubio ha sido transparente en un punto vital: a Estados Unidos no le urge el petróleo venezolano para su consumo, pero le urge que nadie más lo tenga. La doctrina de seguridad nacional estadounidense no tolera que China, Rusia o Irán controlen el grifo energético en este hemisferio. Bajo esta premisa, la prioridad de la administración Trump no es necesariamente la “pureza democrática”, sino la expulsión geopolítica de sus adversarios. Si los militares venezolanos actuales garantizan esa salida de influencias extranjeras, Washington parece dispuesto a estrecharles la mano, dejando a la oposición en una sala de espera indefinida.
3. El riesgo del vacío democrático
Calificar de “prematuro” el proceso electoral es una apuesta arriesgada. Si bien es cierto que Venezuela necesita estabilidad tras la captura de Maduro, postergar la voluntad popular en favor de un pacto con el estamento militar podría consolidar una nueva forma de autoritarismo, quizás más alineado con los intereses de Washington, pero igualmente desconectado del deseo de cambio de los venezolanos.
La paradoja es evidente: Mientras María Corina Machado apela a la Constitución y a los soldados para que reconozcan a Edmundo González, el aliado que más esperaban parece estar negociando con los mismos cuadros que sostuvieron el andamiaje de Maduro hasta el último minuto.
Conclusión
Estamos ante un cambio de paradigma. La era del idealismo democrático en la política exterior de EE. UU. hacia Venezuela parece haber terminado, dando paso a una Realpolitik descarnada. Para la administración Trump, la prioridad es la seguridad hemisférica y el control de recursos, no necesariamente quién ocupe la silla presidencial, siempre y cuando sea alguien con quien puedan “cooperar”.
Para Machado y González, el reto ya no es solo derrotar al chavismo, sino convencer a sus aliados de que la legitimidad popular es un activo más valioso que la obediencia militar.


































































