Popayán ha despertado este enero con una noticia que, para muchos, suena a alivio y, para otros, a una advertencia silenciosa: no hay pico y placa. Tras el vencimiento del decreto el pasado 31 de diciembre, la ciudad se encuentra en un estado de “libertad de circulación” que no veíamos en mucho tiempo. Sin embargo, este vacío normativo, lejos de ser solo un regalo de año nuevo, pone a prueba la madurez de nuestra cultura ciudadana.
Es comprensible que la Administración Municipal se tome un margen de maniobra. La transición de gobierno y la proximidad de los Carnavales de Pubenza suelen ser periodos donde la rigidez administrativa cede ante la logística de las fiestas. No obstante, dejar a una capital como Popayán sin restricción vehicular “hasta nuevo orden” es un experimento social arriesgado.
El reto de la autorregulación
Históricamente, el pico y placa en Popayán ha sido la única barrera que contiene el desbordamiento de un parque automotor (especialmente de motocicletas) que crece a un ritmo superior al de nuestra infraestructura vial. Sin el decreto, la responsabilidad de que la ciudad no colapse recae exclusivamente en nosotros, los conductores.
“La ausencia de una norma no debería ser una invitación al desorden, sino una oportunidad para demostrar que Popayán puede fluir con respeto y sentido común.”
¿Qué esperar del nuevo decreto?
Fuentes oficiales indican que no habrá revoluciones: solo el tradicional corrimiento de un dígito. Esto es positivo en términos de previsibilidad, pero nos obliga a preguntarnos si un ajuste tan inercial es suficiente para los retos de movilidad que enfrenta la “Ciudad Blanca”.
La restricción de 7:00 a.m. a 8:00 p.m. regresará pronto. Mientras tanto, el mensaje de la Secretaría de Tránsito es claro: la ciudad está en espera. Pero la movilidad no espera; se vive en cada semáforo y en cada intersección.
Conclusión
Este paréntesis administrativo debe servir para reflexionar. Si durante estos días sin pico y placa logramos mantener una movilidad decente, habremos demostrado que el problema no es solo de decretos, sino de comportamiento. Pero si el caos se apodera de las calles, quedará claro que Popayán sigue siendo dependiente de la “mano dura” normativa para no asfixiarse.
Por ahora, disfrutemos de la libre circulación, pero hagámoslo con la conciencia de que el orden de la ciudad es un contrato social que no debería necesitar de un decreto para cumplirse.


































































