La reciente incursión de disidencias de las FARC en La Vega, Cauca, durante la festividad de San Lorenzo, es un crudo recordatorio de cómo la violencia sigue afectando a las comunidades en Colombia. Este ataque, que dejó a civiles y policías heridos, no solo interrumpió una celebración, sino que también sembró el terror entre los habitantes, quienes tuvieron que refugiarse en iglesias y galerías.
El gobernador del Cauca, Octavio Guzmán, ha expresado su preocupación por esta disputa territorial que, como él mismo ha señalado, no puede terminar en la muerte de la población civil. Es evidente que los principios que alguna vez se pensó que respetaban los grupos armados han desaparecido, pues estos ataques no tienen en cuenta a quién afectan. La población, ajena al conflicto, se encuentra en medio de un fuego cruzado que no distingue entre combatientes y civiles, ni entre espacios públicos y sagrados.
La situación en La Vega, donde ya no se puede orar con tranquilidad, refleja una dolorosa realidad: la paz sigue siendo un anhelo lejano para muchas comunidades en el país. El ataque demuestra que, a pesar de los esfuerzos por la reconciliación, la violencia sigue latente y amenaza constantemente la vida de quienes más anhelan vivir en paz. El desafío para las autoridades y la sociedad en general es encontrar una forma de proteger a estas comunidades y garantizar que el derecho a vivir sin miedo sea una realidad para todos.
































































