En el intenso debate político que vivimos, una dinámica preocupante se ha consolidado: la negación sistemática de la crítica y la descalificación de los mensajeros. Los defensores del actual gobierno, en su afán por proteger la imagen de la administración, han optado por una estrategia de “cerrar los ojos” ante la realidad incómoda. La premisa es simple: si la información es negativa, entonces es falsa y responde a una conspiración.
Se ha convertido en un lugar común desestimar a los periodistas y medios de comunicación privados como “prenseros” que buscan desestabilizar con mentiras. Se acusa a quienes denuncian irregularidades de tener un odio visceral hacia el presidente, de hablar sin argumentos y de evadir su responsabilidad. La crítica, en lugar de ser vista como un mecanismo de control democrático y un llamado a la rendición de cuentas, es tildada de simple odio político.
Entre la percepción y la realidad
Otro de los argumentos más recurrentes es la idea de que la inseguridad que se percibe es una invención mediática con fines electorales. Esta narrativa ignora la realidad palpable que viven miles de ciudadanos a diario. ¿Cómo explicarle a un comerciante extorsionado o a una familia que ha perdido a un ser querido por la violencia que su dolor es una simple campaña política? La situación es tan grave que la posibilidad de que los precandidatos recorran los diferentes departamentos y municipios con tranquilidad es, en muchos casos, una utopía.
Esta negación de la realidad es un síntoma de un problema más profundo: la polarización extrema ha erosionado la capacidad de escuchar y de razonar. Cuando se parte de la premisa de que el otro es un enemigo que solo busca el mal, no hay argumentos válidos. Se entra en un círculo vicioso donde cada denuncia es una mentira, cada crítica un ataque personal y cada problema social una conspiración.
El texto nos deja una conclusión contundente: “No hay palabras que valgan, cuando no existe la capacidad para entender la realidad”. Y en este escenario, la verdad se convierte en la principal víctima. Si una parte de la sociedad se niega a reconocer los hechos, ¿cómo podemos construir un futuro común basado en el diálogo y la búsqueda de soluciones? La realidad, como el agua, siempre encuentra su cauce, y negarla solo posterga la inevitable confrontación con las consecuencias de las acciones (o la falta de ellas).
































































