El anuncio del presidente Gustavo Petro sobre un incremento del 23.7% en el salario mínimo para 2026 ha sacudido el tablero económico de la región. Sobre el papel, las cifras son deslumbrantes: Colombia escala posiciones hasta convertirse en el tercer salario más alto de Sudamérica (si incluimos el auxilio de transporte) y lidera el crecimiento salarial en toda América Latina. Sin embargo, detrás del entusiasmo de los “2 millones”, se esconde una realidad compleja que merece un análisis más allá del titular.
Un salto cuantitativo, pero ¿cualitativo?
Históricamente, Colombia se mantenía en la mitad de la tabla, superada por países con monedas más estables o economías dolarizadas como Ecuador. Pasar del sexto al tercer puesto es, en teoría, un triunfo para el poder adquisitivo. No obstante, este aumento “histórico” no ocurre en el vacío. Se da en un contexto global y local donde el costo de vida y la inflación suelen devorar los ajustes antes de que el trabajador pueda disfrutarlos.
El riesgo de la sostenibilidad
Si comparamos a Colombia con el líder regional, Costa Rica, la diferencia es abismal. Mientras que en el país centroamericano el salario mínimo ronda los 737 dólares con un aumento modesto del 1.63%, Colombia intenta alcanzar esas ligas con un incremento agresivo de doble dígito. Aquí surge la pregunta incómoda: ¿puede la productividad colombiana sostener este ritmo?
Un aumento del 23.7% es una presión enorme para las pequeñas y medianas empresas (Pymes), que son las mayores generadoras de empleo en el país. El riesgo es que lo que se gana en salario se pierda en formalidad. Si para un empresario es inviable pagar el nuevo mínimo, el camino suele ser el recorte de personal o el refugio en la informalidad, donde las leyes laborales no llegan.
La brecha con el “Primer Mundo”
El artículo pone el dedo en la llaga al comparar nuestra realidad con la de destinos migratorios comunes. Mientras un colombiano celebra alcanzar los 469 dólares (sin subsidio), en España el mínimo supera los 1,260 euros. Esta brecha explica por qué, a pesar de los récords locales, la fuga de talento y la migración económica siguen siendo temas pendientes en la agenda nacional.
Reflexión final: El aumento es un alivio necesario para el bolsillo del trabajador en el corto plazo, pero no es una solución mágica. Si este incremento no viene acompañado de una reducción en la inflación y un impulso real a la productividad, terminaremos en un ciclo donde cada vez tenemos más billetes en la mano, pero compramos lo mismo —o menos— en el supermercado.


































































