La madrugada del pasado domingo, el eco de un impacto en la zona de La Bocana no solo rompió el silencio de los ríos Chajal y Mejicano; rompió, una vez más, el corazón de un Pacífico que parece condenado a navegar entre el olvido y la precariedad. El saldo es desgarrador: siete vidas segadas, una persona que el río aún se niega a devolver y una comunidad sumida en el luto.
Aunque las investigaciones preliminares apuntan a la escasa visibilidad y las fuertes corrientes como los verdugos de esta jornada, sería un error —y una injusticia— atribuir este siniestro únicamente a la “furia de la naturaleza”. Lo ocurrido en Tumaco no es un evento aislado, es el síntoma de una enfermedad estructural que padece la conectividad rural en Colombia.
El Riesgo de la Invisibilidad
Para el habitante del interior del país, una carretera mal pavimentada es un problema; para el habitante de las veredas de Tumaco, la “carretera” es un río que no tiene señalización, que no tiene iluminación y donde la seguridad depende, casi exclusivamente, de la pericia del motorista.
Navegar en la madrugada por las bocanas del Pacífico sin dispositivos de navegación modernos es, en la práctica, un acto de fe. Sin embargo, no es un capricho. Es la necesidad de transporte de comunidades que dependen de estas arterias fluviales para el comercio, la salud y la vida misma.
¿Responsabilidad o Abandono?
Las autoridades ahora indagan sobre el exceso de velocidad o la falta de chalecos salvavidas. Es necesario que se haga. Pero la reflexión debe ir más allá:
¿Dónde está la presencia efectiva de los organismos de control fluvial en estas rutas críticas?
¿Qué incentivos o apoyos reciben los transportistas locales para tecnificar sus embarcaciones?
¿Por qué la seguridad vial fluvial sigue siendo la “hermana pobre” de la seguridad vial terrestre?
Una Deuda Histórica
Nombres como Jader Zamora, Arnovil Arcilla y los demás fallecidos se suman a una lista de víctimas de un sistema de transporte que opera en la informalidad por falta de alternativas. La respuesta de la comunidad, que fue la primera en llegar al rescate, demuestra una vez más la resiliencia del pueblo nariñense, pero también deja en evidencia que el Estado suele llegar después, cuando ya hay que trasladar cuerpos al muelle de La Bavaria.
Esta tragedia debe ser el punto de inflexión para que la navegación en el Pacífico deje de ser una actividad de alto riesgo. No basta con lamentar las muertes ni con llamados a “adherirse a las normas”. Se requieren muelles iluminados, boyas de señalización, control riguroso de zarpe y, sobre todo, una inversión real en la infraestructura de los ríos que son la vida de Nariño.
Si no pasamos del pésame a la política pública de seguridad fluvial, seguiremos esperando que la marea nos traiga la próxima noticia trágica. El Pacífico ya ha llorado suficiente.


































































