El inicio de año en Santander se ha visto empañado por una realidad que, aunque dolorosa, parece volverse paisaje en las zonas rurales: la violencia selectiva. Los recientes asesinatos de Naudín José Bolaño Barbosa y Jans Sebastián Olarte Guayabán, ocurridos en las periferias de Barrancabermeja y Puerto Wilches, no son solo cifras en un reporte policial; son el síntoma de una seguridad territorial que parece estarse escapando de las manos.
El Patrón del Miedo
Lo que más inquieta de estos crímenes no es solo la sevicia de los ataques con armas de fuego, sino la simultaneidad y la geografía del horror. Que ambos homicidios ocurrieran casi a la misma hora, en puntos rurales estratégicos que conectan al “Puerto Petrolero” con municipios vecinos, sugiere una logística criminal coordinada.
¿Estamos ante una “limpieza” social, un ajuste de cuentas entre bandas o una demostración de control territorial por parte de grupos armados? Mientras las autoridades investigan si existe un nexo, la comunidad queda atrapada en el silencio, ese que se impone cuando las carreteras rurales se convierten en escenarios de muerte.
Más allá de las Identidades
Identificar a las víctimas es el primer paso para la justicia, pero no es suficiente para la paz. Naudín era un mecánico de 34 años; Jans, un joven de 30. Ambos residían en comunas populares de Barrancabermeja (Comuna Cinco y barrio 22 de Marzo), sectores que históricamente han lidiado con la estigmatización y la vulnerabilidad.
El hecho de que los cuerpos fueran “arrojados” o encontrados en zonas de tránsito como Llanta Amarilla o la vereda La Hortensia envía un mensaje de terror a los habitantes rurales. La carretera, que debería ser símbolo de progreso y conexión, se percibe hoy como un corredor de riesgo.
El Reto de las Autoridades
La Policía y el CTI tienen ahora la carga de demostrar que estos casos no quedarán en el anaquil de la impunidad. Sin embargo, la respuesta no puede ser solo forense. Se requiere:
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Presencia efectiva: No basta con patrullajes esporádicos tras los hechos; se necesita inteligencia en los corredores rurales.
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Desarticulación: Si existe un nexo entre ambos crímenes, hay una estructura organizada operando a plena luz del día que debe ser prioridad estatal.
En conclusión, la muerte de estos dos hombres es un recordatorio de que la paz en Santander sigue siendo una tarea pendiente. La seguridad no se mide por la rapidez con la que se identifica un cadáver, sino por la capacidad del Estado para evitar que el siguiente joven sea asesinado a la orilla de una carretera.


































































