El estruendo de una camioneta cargada con explosivos en el corregimiento de El Plateado, en Argelia, no es solo un ataque contra la Fuerza Pública; es un recordatorio violento de la fragilidad de la vida en el Cañón del Micay. El saldo de un policía herido y una población civil sumida en la zozobra es la radiografía de una guerra que parece no dar tregua, donde las comunidades son el escudo humano de grupos delincuenciales que han convertido el territorio en un tablero de ajedrez sangriento.
El secuestro de la cotidianidad
Lo ocurrido en El Plateado no es un hecho aislado. Los hostigamientos recurrentes y el uso de artefactos explosivos improvisados demuestran una degradación del conflicto que ignora cualquier principio de distinción del Derecho Internacional Humanitario. Cuando una bomba detona en el corazón de un corregimiento, se rompe mucho más que la infraestructura; se fractura la confianza, se detiene el comercio y se condena a los niños y jóvenes a crecer bajo la sombra del miedo.
Un grito desde la Gobernación
El llamado del gobernador del Cauca, Octavio Guzmán, al Ministerio de Defensa no es un simple trámite administrativo; es un grito de auxilio institucional. La capacidad local para “prevenir, atender y contener” ha llegado a su límite. El Cauca no necesita más promesas de escritorio; requiere medidas excepcionales que combinen la inteligencia militar con una inversión social agresiva que le arrebate la base social a la ilegalidad.
¿Qué significa “medidas excepcionales”?
Reforzar la seguridad no puede traducirse únicamente en aumentar el número de botas sobre el terreno. Las medidas que reclama el departamento deben incluir:
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Tecnología de punta: Uso de drones y vigilancia técnica para detectar movimientos sospechosos antes de las detonaciones.
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Bloqueo de corredores: Cortar las rutas de suministro de explosivos y el flujo de economías ilícitas.
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Presencia institucional permanente: Que el Estado no llegue solo con el fusil, sino con jueces, fiscales y servicios básicos que saquen a El Plateado del aislamiento.
Conclusión
La paz en el Cauca no se construye con retórica, sino con autoridad y justicia. Mientras el Ministerio de Defensa evalúa su respuesta, las comunidades de Argelia siguen durmiendo bajo el rugido de las balas. La seguridad y la prevención deben dejar de ser reacciones ante la tragedia para convertirse en una política de protección permanente. El Cauca ya ha puesto demasiados muertos; es hora de que el Estado ponga las soluciones.


































































