El asalto ocurrido este martes 24 de febrero en el sector de Piedra Sentada no es solo un “robo de película” a un carro de valores; es el síntoma terminal de una vía que parece haber sido entregada a la ley del más fuerte. Mientras el sur del Cauca cuenta sus pérdidas, la ciudadanía se pregunta: ¿En qué momento la principal arteria vial del país se convirtió en un corredor de guerra?
El Costo de la Impotencia
Lo más doloroso de esta jornada no es la “gruesa suma de dinero” que hoy nutre las arcas de la disidencia “Carlos Patiño”. El verdadero costo es la vida de un transportador de carga, un trabajador que, en el ejercicio de su labor, terminó siendo el daño colateral de una ambición criminal sin límites.
Este evento desnuda una realidad aterradora: en la vía Popayán-Pasto, el derecho a la libre locomoción está sujeto al capricho de quienes portan el fusil. Pinchar llantas a disparos y sitiar una carretera a plena luz del día (11:50 a.m.) no es solo un acto delictivo, es un desafío frontal al Estado en su cara más visible.
Territorios en Disputa, Ciudadanos en Pausa
Es alarmante que, a pesar de la presencia de la fuerza pública, los delincuentes tengan la capacidad de:
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Interceptar múltiples vehículos de manera coordinada.
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Sostener un combate con la Policía.
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Escapar con el botín tras dejar una estela de muerte.
La comunidad de El Patía vive bajo una sombra de sospecha y silencio. El miedo a las represalias, mencionado por los habitantes, es el muro más difícil de derribar. Cuando la población prefiere callar que denunciar, es porque siente que el Estado llega para el levantamiento del cuerpo, pero no se queda para garantizar la vida.
¿Hasta cuándo el “Camino por Recorrer”?
El comunicado oficial habla de investigaciones y despliegues, pero la retórica institucional empieza a sonar hueca frente al eco de los disparos en el valle del Patía. No podemos normalizar que viajar por la Panamericana sea un acto de valentía o una ruleta rusa.
La seguridad no puede ser reactiva. Si el sur del Cauca sigue siendo tratado como un enclave donde la institucionalidad es opcional, seguiremos escribiendo sobre vidas truncadas en el asfalto. La paz y la estabilidad que anhela la región no vendrán de comunicados de prensa, sino de un control territorial real que devuelva la carretera a quienes la transitan para trabajar, no para delinquir.


































































