La noticia de la captura de los congresistas Wadith Manzur y Karen Manrique no es solo un titular judicial; es el epitafio de una forma de hacer política que se niega a morir. Tres días después de que el país acudiera a las urnas el pasado 8 de marzo, la Corte Suprema de Justicia recordó que los votos no son un cheque en blanco, ni mucho menos una patente de corso para mercadear con el erario.
El Mercado de las “Dádivas”
Lo que revela el expediente de la UNGRD es una transacción de lo más rancia: votos por ladrillos. Según la Corte, la función legislativa en la Comisión de Crédito Público se habría convertido en una moneda de cambio. Apoyar los créditos internacionales del Ministerio de Hacienda a cambio de obras en Córdoba, Arauca y Bolívar no es “gestión regional”; es, presuntamente, tráfico de influencias.
Resulta particularmente doloroso el caso de Manrique. Ocupar una Curul de Paz —un espacio diseñado para las víctimas del conflicto— y terminar enredada en el mismo fango de la corrupción tradicional es una traición doble: al Estado y a quienes ella debía representar.
El Peso de la “Silla Vacía”
La aplicación de la silla vacía es, quizás, la sanción más pedagógica de nuestra Constitución. No se trata solo de que el congresista se vaya tras las rejas; se trata de que su partido pierde el espacio.
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Impacto Inmediato: El Partido Conservador y la representación de las víctimas pierden voz y voto hasta julio.
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Mensaje Político: Los partidos deben entender que son responsables por los nombres que avalan. Si tu candidato se corrompe, tu bancada se debilita.
Un Futuro en el Limbo
Con la nueva legislatura a la vuelta de la esquina (20 de julio), el sistema se enfrenta a un dilema institucional. ¿Qué pasará con esos escaños si la justicia confirma que fueron obtenidos o mantenidos bajo la sombra del delito? La corrupción en la UNGRD parece ser un pozo sin fondo que apenas estamos empezando a medir.
La justicia ha dado un paso firme, pero la verdadera “silla vacía” debe quedar en la conciencia de los electores. Mientras el apoyo legislativo siga teniendo precio en forma de contratos y proyectos amañados, la democracia colombiana seguirá sentada en un banquillo de acusados.


































































