El amanecer de este primero de abril en Cundinamarca no trajo la luz de un nuevo día, sino el humo negro de una tragedia que pudo haberse evitado. El accidente en el peaje Casa Blanca, en la vía Zipaquirá-Ubaté, donde un tractocamión presuntamente sin frenos arrolló a seis vehículos y una motocicleta, nos deja un saldo desgarrador: dos vidas segadas y al menos 19 heridos.
Este siniestro no es solo un reporte judicial o una cifra en la estadística de movilidad; es un llamado de atención urgente sobre tres pilares que parecen estar fallando en nuestras carreteras: mantenimiento, control y diseño.
El factor mecánico: ¿Imprevisto o negligencia?
La hipótesis inicial apunta a una falla en el sistema de frenos del tractocamión. Si bien los accidentes mecánicos existen, en el transporte de carga pesada —como este vehículo cargado de leche— el rigor en las revisiones técnico-mecánicas no puede ser una sugerencia, sino una ley de hierro. No podemos permitir que vehículos de gran tonelaje circulen como “bombas de tiempo” por las cordilleras del país. La responsabilidad aquí recae tanto en los propietarios de los vehículos como en la rigurosidad de los centros de diagnóstico.
El peaje como cuello de botella
Resulta irónico y doloroso que la tragedia ocurra precisamente en un peaje, un lugar diseñado para el recaudo destinado (teóricamente) a la seguridad y mantenimiento vial. Las filas de espera en estas estaciones se convierten en zonas de alta vulnerabilidad ante vehículos que pierden el control en descensos. Este evento debería obligar a las concesiones viales y al Gobierno a replantear la seguridad en las zonas de aproximación:
-
¿Existen suficientes rampas de frenado de emergencia antes de los peajes en zonas de pendiente?
-
¿Es eficiente el sistema de recaudo para evitar congestiones innecesarias que exponen a los usuarios?
Un llamado a la empatía y la infraestructura
El gobernador Jorge Emilio Rey ha sido claro en los detalles, pero más allá de la gestión de la crisis, la sociedad cundinamarquesa queda con un sinsabor. Las familias de las víctimas hoy lloran a seres queridos que simplemente estaban haciendo una fila para pagar por el derecho a transitar.
La vía Zipaquirá-Ubaté es una arteria vital para el comercio y la conectividad del norte del departamento. No basta con lamentar el hecho; es imperativo que las investigaciones de criminalística lleguen al fondo de las causas y que se implementen medidas tecnológicas ,como sensores de velocidad y mayor señalización, que protejan la vida por encima del flujo vehicular.
La carretera no debería ser un escenario de guerra. Hoy el peaje Casa Blanca es sinónimo de luto, y la única forma de honrar a los fallecidos es garantizando que ningún otro colombiano pierda la vida por un freno que falló o una fila que nunca debió ser una trampa mortal.


































































