El reciente atentado en el municipio de Patía, al sur del Cauca, no es solo un número más en la penosa estadística de orden público del departamento. El ataque contra unidades del Ejército Nacional, que dejó cuatro militares heridos, marca una alerta roja sobre la evolución de la guerra en nuestros territorios: el uso de artefactos explosivos desde plataformas aéreas (drones) ya no es una amenaza lejana, es una realidad táctica que acecha a nuestras comunidades.
El Gobernador del Cauca, Octavio Guzmán, ha sido enfático: “No vamos a permitir que el miedo se imponga”. Es una postura valiente y necesaria desde lo institucional. Sin embargo, la zozobra que hoy sienten los habitantes del Patía no se cura solo con comunicados; requiere una respuesta de Estado que sea tan dinámica y tecnificada como la de los grupos que hoy siembran el terror.
La evolución de la amenaza
El uso de drones para lanzar explosivos cambia las reglas del juego. Ya no hablamos solo de control territorial en tierra; hablamos de una vulnerabilidad desde el aire que afecta tanto a la Fuerza Pública como a la población civil. Este método “quirúrgico” del terrorismo busca desmoralizar a la tropa y demostrar una supuesta superioridad técnica que el Estado colombiano debe contrarrestar con inteligencia y tecnología de punta.
Más allá de las “rutas de atención”
Si bien la activación de rutas de atención y los mecanismos de diálogo por parte del gobierno departamental son pasos obligatorios, el fondo del asunto en el sur del Cauca sigue siendo la presencia integral. El Patía, corredor estratégico y despensa agrícola, no puede quedar a merced de quienes ven en el conflicto un negocio rentable.
La paz que anhela el pueblo caucaucano no llegará mientras el ruido de los drones cargados de odio apague el sonido de la esperanza. La solidaridad con nuestros militares heridos debe transformarse en una política de seguridad ciudadana que anticipe los hechos y no que simplemente reaccione ante la tragedia.
Un llamado a la unidad
Es momento de que el Gobierno Nacional ponga sus ojos —y sus recursos— de manera decidida en el Cauca. No podemos dejar solo al gobierno regional en esta tarea de “restablecer el orden”. La seguridad del sur del departamento es la seguridad de todo el suroccidente del país.
El miedo es una herramienta política del crimen; la respuesta debe ser la contundencia de la justicia y la inversión social. El Patía merece dormir tranquilo, sin el temor de que el cielo, en lugar de lluvia, traiga metralla.


































































