El panorama electoral colombiano para el 2026 parece ser un reflejo de una realidad política que se repite: “no hay cama para tanta gente”. La cantidad de aspirantes presidenciales es asombrosa, pero el texto nos invita a reflexionar sobre una crítica contundente: la aparente falta de propuestas sólidas. En su lugar, pareciera que lo que sobra son las personalidades, los discursos polarizantes y las estrategias de marketing.
Del encantador de serpientes al guerrerista
El hecho de que en la baraja de candidatos se encuentre, por un lado, un “encantador de serpientes” y, por el otro, un “candidato guerrerista”, evidencia la polarización y el eclecticismo de nuestra política. El “encantador de serpientes” utiliza un discurso populista y emotivo, prometiendo soluciones mágicas a problemas complejos. Se conecta con las frustraciones y esperanzas de la gente, pero a menudo carece de planes concretos.
Por su parte, el “candidato guerrerista” basa su propuesta en la seguridad y el orden, apelando a un electorado que anhela la estabilidad y la mano dura. Su discurso, si bien puede ser atractivo para algunos, a menudo ignora las raíces sociales y económicas de los conflictos.
¿Un cambio de verdad?
El texto subraya una necesidad urgente: Colombia necesita un cambio drástico. Pero, ¿qué significa realmente ese cambio? No se trata solo de cambiar de gobernante, sino de una transformación profunda en la forma de gobernar.
- Gobernabilidad: Se necesita un liderazgo que no solo prometa, sino que sea capaz de articular un plan de gobierno viable, que dialogue con las diferentes fuerzas políticas y sociales, y que logre la cooperación necesaria para sacar adelante las reformas que el país requiere.
- Paz: Más allá de los discursos, la paz debe ser una prioridad real y tangible. Esto implica no solo silenciar las armas, sino también abordar la desigualdad, la pobreza y la falta de oportunidades que alimentan la violencia.
- Pensar en los colombianos: El mayor desafío es que el próximo presidente piense genuinamente en el bienestar de los ciudadanos. Esto se traduce en políticas públicas que mejoren la educación, la salud, el empleo y la seguridad, sin importar el color político.


































































