La Vía Panamericana, esa arteria vital que conecta a Popayán con el resto del país, ha vuelto a colapsar. En el kilómetro 58+300, a la altura de la vereda La Agustina en Santander de Quilichao, la tierra cedió de nuevo. No es un evento aislado; es la crónica de un colapso anunciado, la imagen recurrente de un departamento que se cae a pedazos mientras la burocracia sigue su curso lento e indiferente.
El reporte de las 7:20 a.m. de este sábado 6 de septiembre de 2025 es solo la última de una larga lista de advertencias ignoradas. Cada vez que esta carretera se cierra, el Cauca se asfixia. Los productos agrícolas se pierden, los comercios se paralizan, los viajeros quedan varados y la economía del departamento se desangra. ¿Hasta cuándo vamos a seguir con el mismo ciclo? Promesas de soluciones, estudios que no terminan en nada y, al final, la lluvia y la tierra nos recuerdan la cruda realidad: la falta de una inversión seria y a largo plazo.
¿Y qué dicen los líderes?
Los líderes del Cauca, desde los políticos hasta los gremios, han alzado la voz, pero sus gritos parecen perderse en el eco de la indiferencia nacional. La Panamericana no es solo un problema local; es un asunto de seguridad nacional y un obstáculo para el desarrollo de todo el suroccidente colombiano. Los bloqueos por protestas sociales, los derrumbes por la inestabilidad del terreno y la falta de mantenimiento han convertido a esta vía en un símbolo de la fragilidad del Estado en esta región.
No podemos seguir esperando que la naturaleza decida cuándo podemos transitar. La Panamericana merece una intervención integral: una vía alterna robusta, estudios de suelo serios y una inversión que no dependa de la caridad o de la urgencia del momento. Es hora de dejar de reaccionar y empezar a planear. La gente del Cauca se merece una vía digna que garantice su movilidad, su economía y, sobre todo, su seguridad.


































































