La paciencia social no es un recurso inagotable, y lo ocurrido recientemente en el sector de El Túnel, sobre la vía Panamericana, es la prueba fehaciente de que el vaso se ha desbordado. Con una altura intelectual y civil que contrastó con la arbitrariedad de las vías de hecho, la comunidad local se plantó frente a los manifestantes para decir lo que el Gobierno, en su parálisis, no ha sabido articular: no más bloqueos.
El escenario fue crudo y revelador. Ya no se trata de una simple protesta por reivindicaciones sociales; se trata de un secuestro colectivo. El uso de etiquetas como #NoAguantamosMás y #AquíQuedamosSecuestrados no es un ejercicio de retórica, es el clamor de ciudadanos que ven cómo se les arrebata el derecho fundamental a la movilidad, a la salud, con el drama humano de no poder trasladar enfermos, y al trabajo.
La herida abierta del Cauca
La vía que conecta a Popayán con Cali es la arteria vital del suroccidente colombiano. Permitir su cierre sistemático es permitir un infarto económico y social. La respuesta estatal, hasta ahora, se ha limitado a “pañitos de agua dulce”: diálogos circulares que no conducen a soluciones de fondo y una laxitud que los violentos interpretan como permiso.
Estamos ante una crisis de gobernabilidad. La mediocridad administrativa y la falta de carácter han dejado un vacío de poder que hoy intentan llenar quienes imponen su voluntad sobre el bien común. La comunidad de El Túnel, al exigir que los manifestantes se retiren de inmediato, ha puesto el dedo en la llaga: el maltrato que sufre la región no proviene solo de quienes bloquean, sino de un gobierno que parece haber renunciado a ejercer la autoridad.
El llamado al orden y la “verraquera”
A “calzón quitado”, como reza el argot popular, el sentimiento es unánime. El Cauca y el país no piden un tirano, pero sí exigen a gritos un líder con verraquera. Se necesita una figura de carácter decidido, capaz de entender la sensibilidad social y trabajar por las carencias históricas de las regiones, pero que, con la misma mano, sea capaz de imponer el orden constitucional.
“La libertad de manifestarse termina donde comienza el secuestro de una región entera.”
El liderazgo no puede ser un ejercicio de disculpas constantes. La ciudadanía está agotada de la diplomacia inerte mientras las ambulancias quedan atrapadas en el asfalto y los productos se pudren en los camiones. Lo vivido en El Túnel es un ultimátum: o el Estado recupera su soberanía sobre la Panamericana, o la sociedad civil seguirá asumiendo, por pura supervivencia, la defensa de sus derechos ante la ausencia de sus instituciones.


































































