El terrorismo ha vuelto a ensombrecer a Colombia, y con él, la dolorosa sensación de vulnerabilidad. Los recientes ataques en Antioquia y Cali no son incidentes aislados; son una declaración de guerra de grupos armados ilegales que buscan minar la moral de nuestras fuerzas de seguridad y la confianza de la ciudadanía. La caída de un helicóptero policial en Amalfi y las explosiones en la Escuela de la Fuerza Aeroespacial Colombiana en Cali son ecos de un pasado que creímos superado, y nos recuerdan que la amenaza sigue latente.
El Fracaso de la Concesión
Estos actos de barbarie, que no distinguen entre militares y civiles, evidencian que para estos grupos criminales no hay líneas rojas. Discutir si los responsables fueron las disidencias de las FARC, el ELN, o el Clan del Golfo es secundario. Lo importante es que su estrategia es la misma: sembrar terror, intimidar y expandir su control territorial.
Ante esta realidad, los discursos conciliadores y las mesas de diálogo han demostrado ser, en muchos casos, un fracaso. Para los violentos, estos espacios han sido una oportunidad para rearmarse y fortalecerse, no para buscar la paz genuinamente. Es ingenuo seguir creyendo en la buena fe de quienes, con hechos de sangre, demuestran su falta de compromiso con la convivencia. Es hora de replantear cualquier negociación hasta que exista un desarme real y verificable.
Un Llamado a la Acción Integral y Contundente
El gobierno no puede seguir negando la urgencia de actuar. La respuesta no es solo un discurso de condena, sino una acción contundente y coordinada. Es imprescindible que el Estado fortalezca a sus fuerzas armadas y de policía, dotándolas de los recursos económicos, tecnológicos y logísticos necesarios para enfrentar la amenaza. Negar este apoyo es traicionar a quienes, día a día, arriesgan sus vidas por la seguridad de todos los colombianos.
Sin embargo, una respuesta militar no es suficiente. Es necesaria una estrategia integral que combine:
- Inteligencia eficaz para anticipar y neutralizar las amenazas.
- Fortalecimiento de la justicia para que los criminales paguen por sus crímenes.
- Protección a las comunidades para evitar el reclutamiento.
- Reducción de las brechas sociales que son el caldo de cultivo del crimen.
Colombia no puede permitirse normalizar la barbarie. La paz no se logra con concesiones unilaterales ni con discursos vacíos, sino con autoridad, estrategia y un Estado firme. Las acciones deben ser inmediatas y contundentes. El país no puede seguir esperando.
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