La reciente captura de cinco presuntos integrantes de la estructura Jaime Martínez en zona rural de Dagua no es un resultado cualquiera. Es, ante todo, un respiro necesario para una comunidad que ha visto cómo los drones pasaron de ser tecnología de vanguardia a instrumentos de terror cotidiano. Sin embargo, este éxito militar de la Tercera División del Ejército debe leerse bajo una lupa crítica: ¿es el principio del fin del asedio o solo un golpe a un hidra que se regenera con facilidad?
La desmitificación del control territorial
El arsenal incautado, que incluye granadas adaptadas para drones, confirma un cambio de paradigma en el conflicto del Valle del Cauca. Ya no hablamos solo de fusiles y uniformes camuflados; hablamos de una guerra asimétrica que utiliza tecnología de bajo costo para hostigar a la Policía y al Ejército, poniendo en jaque la tranquilidad de zonas como El Queremal.
Este resultado es positivo porque:
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Debilita la logística: Incautar 588 cartuchos y 20 proveedores reduce la capacidad de fuego inmediata.
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Protege el entorno escolar: Las escuelas han dejado de ser santuarios para convertirse en escenarios de zozobra. Recuperar la seguridad en estos perímetros es un imperativo moral.
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Legitima la estrategia estatal: La presencia de la gobernadora Dilian Francisca Toro respaldando la operación envía un mensaje de unidad institucional.
El reto de la “Hidra” de Iván Mordisco
No obstante, el optimismo debe ser moderado. Las facciones que responden a Iván Mordisco han demostrado una resiliencia alarmante. Capturar a cinco hombres es un triunfo táctico, pero mientras las economías ilícitas que financian a la Jaime Martínez sigan intactas, el reemplazo de estos combatientes es cuestión de días.
“La seguridad no se mide solo en capturas, sino en la ausencia de miedo en el ciudadano de a pie.”
Conclusión
El golpe en Dagua es una victoria contundente para la Tercera División, pero la verdadera batalla se gana cuando el Estado llegue a El Queremal no solo con fusiles, sino con inversión social que arrebate a los jóvenes de las manos de los grupos armados. Por ahora, el Valle celebra que hay cinco armas largas menos apuntando a su gente, pero la guardia no se puede bajar: el orden público en el Cauca y el Valle sigue siendo un cristal sumamente frágil.


































































