En un hecho sin precedentes en la historia reciente de Colombia, el movimiento campesino ha elevado su voz de una manera que no puede ser ignorada. La radicación de la Consulta Popular Campesina es más que un simple trámite; es un acto de resistencia, un grito de esperanza y una estrategia para blindar los derechos de quienes labran la tierra y alimentan a la nación.
La iniciativa, impulsada por más de 1,200 líderes y representantes de 800 organizaciones, es una respuesta directa a la exclusión histórica y a la obstrucción política en el Congreso. Como lo expresó José William Orozco, esta es la forma en que los campesinos se levantan contra el despojo y la marginación, llevando sus demandas directamente al pueblo colombiano. Es un recordatorio de que la voz de la gente puede, y debe, ser la raíz de las políticas públicas.
La Consulta, que busca recolectar cerca de cinco millones de firmas, se centra en cinco preguntas fundamentales que abordan los problemas más urgentes del sector rural: desde la redistribución de la tierra y la productividad, hasta la protección ambiental y la seguridad de los líderes sociales. Estas preguntas no solo buscan solucionar problemas históricos, sino también fortalecer la Reforma Agraria Integral, una política que ya ha demostrado su potencial como motor de crecimiento.
El respaldo del Gobierno Nacional, a través de la ministra de Agricultura y el director de la Agencia Nacional de Tierras, demuestra un compromiso, pero la verdadera prueba de fuego está en la calle, en la movilización social y en la respuesta de la ciudadanía. La Consulta Popular es un mecanismo democrático que permite a los colombianos, más allá de la política tradicional, decidir sobre el futuro del campo y, en esencia, sobre el futuro del país.
Decirle “Sí” a la Consulta no es solo un acto de apoyo al campesinado; es un acto de justicia social. Es reconocer que la expropiación y la violencia que han sufrido por décadas han sido las principales causas de la guerra y la pobreza. Es una oportunidad para construir un futuro más equitativo, donde quienes cultivan la tierra sean reconocidos como sujetos políticos y de derechos. ¿Podrá este histórico movimiento lograr que la voz del campo resuene en las urnas y transforme, por fin, la realidad de Colombia?
































































