Cada cuatro años, Colombia se asoma al abismo de su propia memoria. El próximo 8 de marzo no elegiremos simplemente nombres para ocupar curules tapizadas; elegiremos el espejo en el que nos miraremos los próximos años. La pregunta no es quién merece nuestro voto, sino qué nivel de respeto tenemos por nosotros mismos.
Tradicionalmente, el ejercicio democrático en nuestro país ha sido pervertido por la lógica del mercado: se intercambia el futuro por una teja, un puesto o una promesa de asfalto que se disuelve con la primera lluvia. Sin embargo, el costo real de esa “transacción” no se mide en pesos, sino en la perpetuación de la desigualdad. Con un coeficiente de Gini de 0,54, Colombia no es pobre por falta de recursos, sino por un exceso de complicidad electoral.
La Trampa de los Extremos y el Ruido Digital
Estamos atrapados en una pinza peligrosa:
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La vieja política de clanes: Aquellos que heredan el poder como si fuera un apellido, expertos en el “maquillaje” ideológico para seguir saqueando el erario.
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El histrionismo digital: Los nuevos “mesías” del like y la indignación de cámara frontal. Personajes que confunden el control político con el espectáculo y que, ante la falta de argumentos, ofrecen gritos.
Gobernar es más que “Querer”
El balance del panorama actual es agridulce. Si bien es innegable que se han puesto sobre la mesa deudas históricas —reforma agraria, inclusión y medio ambiente—, la intención no sustituye a la gestión. Una buena idea mal ejecutada es, a menudo, una oportunidad perdida. Por otro lado, una oposición que bloquea por sistema, sin proponer alternativas técnicas, no está defendiendo al país; está secuestrando su progreso para ganar rédito en las próximas encuestas.
El Verdadero Enemigo: La Silla Vacía
La abstención es el oxígeno de los corruptos. Cada ciudadano que decide no votar el 8 de marzo le está regalando un cheque en blanco a las maquinarias. El silencio en las urnas no es una protesta, es una rendición.
“La dignidad no es un eslogan de campaña, es un filtro ético. Si el candidato compra el voto, ya te puso precio; y quien tiene precio, no tiene dignidad.”
Conclusión: Un Voto de Conciencia
Votar bien no es votar por el que “va a ganar” para estar en el bando victorioso. Votar bien es elegir la hoja de vida sobre el eslogan, la decencia sobre el insulto y la viabilidad sobre la utopía populista.
Este domingo, la urna no recibirá un papel; recibirá su dignidad. No la deposite allí para que alguien más la pise; deposítela para que, por primera vez, el Congreso sea el reflejo de una ciudadanía que dejó de ser cómplice de su propia tragedia.


































































