El espacio público no es solo cemento, asfalto o parques; es, en esencia, el termómetro exacto de nuestra salud ética y ciudadana. *En Popayán, el debate sobre la recuperación del control urbano, la movilidad y la seguridad se ha vuelto una conversación de cafetín, un “juego de cartas” cotidiano donde todos parecen tener la solución*, pero pocos están dispuestos a pagar el costo de la legalidad y el orden.
*Lo que vemos en nuestros andenes ocupados y zonas abandonadas no es solo un fallo administrativo*. Es el reflejo de una cultura que se está acostumbrando a la agresión y a la amenaza como mecanismos de defensa. Hemos caído en la trampa de no saber separar las diferencias personales de los procesos colectivos, convirtiendo cualquier desacuerdo en un ataque frontal. *Así, la ciudad experimenta un deterioro que va más allá de lo físico: es una erosión del respeto por el otro.*
La realidad sociopolítica de *nuestra capital caucana se materializa en esa convivencia fragmentada*. El desafío urgente no es solo que la administración de turno limpie un parque o pinte una cebra; el verdadero reto es reconstruir la *corresponsabilidad*. Somos expertos en exigir derechos, pero ante la pregunta de “¿y los deberes para cuándo?”, *el silencio suele ser la respuesta. El compromiso de no arrojar basura o de respetar el límite del vecino no le pertenece a una entidad, le pertenece al ciudadano que habita el territorio*.
Sin embargo, este escenario ético se ve enturbiado por las dinámicas propias de la temporada. *Con la llegada de la Semana Santa, aparece la “peregrinación” de la Cámara de Comercio hablando de formalización en una ciudad donde el hambre castiga y las pocas empresas existentes agonizan bajo una carga tributaria asfixiante*. Es una ironía dolorosa pedir legalidad donde no hay garantías para la supervivencia económica.
Y como si fuera poco, *ya asoman los “súper políticos” de turno. Esos que, con el ojo puesto en las próximas elecciones de Concejo, Asamblea, Alcaldía y Gobernación*, se presentan hoy como los redentores de las ventas ambulantes. Prometen proteger el trabajo informal que ellos mismos *no supieron transformar en empleo digno durante sus años de poder*.
*Para que Popayán *se recupere, necesitamos una *ética del desacuerdo*. No es obligatorio estar de acuerdo en todo para que las cosas funcionen, pero sí es imperativo entender que habitar este territorio nos otorga una labor intrínseca: gestionar lo común sin destruir el bien compartido. *La transformación de la ciudad no vendrá de una promesa de campaña, sino del día en que decidamos que el espacio de todos merece el mismo respeto que nuestra propia casa*.
*Columnista Invitado: Marcelo Arango Mosquera*

































































