En esta columna se busca hablar de *“La política de la seducción”*, Marcelo A. Arango Mosquera pone el dedo sobre una llaga que supura no solo en Popayán, sino en gran parte de las democracias colombiana es: *la alarmante sustitución de la lucidez de las ideas por el histrionismo de las poses*, todo lo que enmarque una buena foto en redes sociales. Hemos pasado de la política como el arte de gestionar el bien común mediante el debate de ideas, a la política como una puesta en escena diseñada para seducir a una audiencia que ya no lee, sino que solo *”scrollea”*.
Buscamos de manera clara advertir sobre la *“ideologización de la frivolidad”*. En este escenario, el político moderno ya no busca convencer mediante la razón, *sino cautivar a través del impacto visual y el discurso opaco*. Es el triunfo de la forma sobre el fondo. Nos encontramos ante una generación de líderes que, como describe muchos en su concepto que debemos mirar y analizar muy bien, como el *“hombre o mujer light”*, carecen de referentes sólidos, son vulnerables al relativismo ético y se nutren de una *“pedantería dogmática”* que les permite recitar conceptos que, en el fondo, son incapaces de explicar.
*La raíz de este problema es, quizá, un suicidio cultural colectivo*. Debemos señalar acertadamente que *la resistencia a la lectura y la amnesia histórica nos han dejado huérfanos de criterio*. Si controláramos el tiempo que pasamos en *redes sociales frente al tiempo invertido en un libro de sociología o historia, entenderíamos por qué somos tan fáciles de manipular*. La universidad, en muchos casos, se ha convertido *en una fábrica de egresados que no se graduaron en el pensamiento crítico, sino que apenas sobrevivieron a la folletería académica*.
Esta *“desculturización“* tiene consecuencias graves: *el desarraigo de nuestro entorno y la fragmentación social*. Al cortar los lazos comunitarios y despreciar la formación intelectual, dejamos el campo libre para que la moral y la verdad se vuelvan prescindibles. *La política de la seducción es, en última instancia, una política vacía, donde lo único absoluto es el relativismo*.
Si no recuperamos *el hábito de la reflexión y el valor del conocimiento profundo*, seguiremos siendo testigos, y víctimas, de una clase dirigente que *prefiere una foto bien iluminada antes que un proyecto de nación bien fundamentado*. La seducción puede ganar elecciones, pero solo el pensamiento propio y la formación intelectual pueden sostener una democracia saludable. *Es hora de dejar de ser espectadores de este teatro de vanidades y exigir una política que, más que seducirnos, nos invite a pensar*.
Donde se buscó seres que *piensen en hacer una administración con calidad llena de gestión haciendo progresar los municipios a los cuales nos represente*.
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