*La explosión de bajo poder en Florencia, aunque sin víctimas, no es un hecho aislado. Se suma a la masacre de 13 policías en Amalfi y al carro bomba en Cali,* creando un trío de tragedias que en menos de 24 horas recordaron al país la cruda realidad del *terrorismo persistente*. Estos ataques no son meros incidentes criminales; son mensajes directos y calculados de organizaciones que, con su capacidad de fuego intacta, desafían la autoridad del Estado y siembran el miedo.
Lo más preocupante de esta ola de violencia es la sensación de *vulnerabilidad* que deja en la población. La ciudadanía en Florencia recibió advertencias de ataques inminentes a través de redes sociales, y poco después, el miedo se hizo realidad.
Esta dinámica de rumor y confirmación subraya la falta de control del Estado sobre las narrativas de seguridad y, peor aún, su incapacidad para prevenir lo que los criminales abiertamente anuncian. *El terrorismo no solo ataca infraestructuras o personas, sino que también busca paralizar la vida diaria, convirtiendo las ciudades en escenarios de zozobra.*
El desafío es claro. La respuesta de las autoridades, como los consejos de seguridad extraordinarios y el despliegue de equipos antiexplosivos, son pasos necesarios pero insuficientes si no se acompañan de una estrategia integral. Colombia necesita más que reacción: requiere una *proactividad* que desmantele las estructuras terroristas desde su origen y garantice la seguridad de sus ciudadanos. Esta jornada de luto en Cali, Antioquia y Caquetá debe servir como un duro recordatorio de que la paz, frágil como es, no puede darse por sentada y que la lucha contra la violencia es una batalla que aún no se ha ganado.
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