Lo ocurrido la noche del pasado 15 de abril a la altura de Cajibío no es solo un titular de prensa; es el síntoma de una herida abierta en la seguridad del suroccidente colombiano. El video que circula en redes sociales, donde el grito desesperado de una madre —“¡La niña, la niña!”— rompe el silencio de la noche, nos recuerda que la Vía Panamericana se ha convertido en un escenario de vulnerabilidad extrema, donde el control parece estar en manos de la delincuencia y no de las instituciones.
Es doloroso aceptar que transitar entre Popayán y Cali se ha vuelto una ruleta rusa. Los delincuentes ya no solo buscan el bien material; actúan con una sevicia que ignora la presencia de menores y la integridad emocional de las familias. La falta de señal celular en puntos críticos y la ausencia de patrullajes efectivos han creado “zonas muertas” donde el ciudadano queda a su suerte.
¿Qué nos queda frente a la desprotección?
Ante el vacío de autoridad y el incremento de retenes ilegales, la alerta y la solidaridad ciudadana se vuelven nuestras herramientas más inmediatas, aunque sepamos que no deberían ser la solución definitiva. Aquí algunas pautas de supervivencia y prevención que hoy, lamentablemente, son obligatorias:
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Evitar los desplazamientos nocturnos: Históricamente, la noche es el aliado de los grupos armados. Si no es estrictamente necesario, programe sus viajes en las primeras horas de la mañana.
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Viajar en caravana: Los delincuentes buscan objetivos aislados. Mantenerse cerca de otros vehículos de transporte público o carga puede disuadir ataques rápidos.
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Uso de tecnología preventiva: Aplicaciones de mapas que reporten incidentes en tiempo real y compartir la ubicación con familiares antes de entrar en zonas sin señal.
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No oponer resistencia heroica: Como vimos en Cajibío, la valentía de los testigos es admirable, pero la prioridad debe ser siempre la vida. El metal se recupera; la tranquilidad y la integridad, difícilmente.
El llamado a la acción
No podemos permitir que el miedo se normalice. El silencio de las autoridades ante la magnitud de estos videos es ensordecedor. Necesitamos una respuesta integral: mejor infraestructura de comunicaciones para que nadie quede incomunicado en una emergencia y una presencia policial que no sea estática, sino dinámica y valiente.
La vía Panamericana es la arteria vital de nuestra economía y nuestra conexión social. Si permitimos que el terror la bloquee, estaremos entregando nuestra libertad de movimiento. Es momento de estar alerta, de denunciar cada movimiento sospechoso y de exigir, con una sola voz, que el Estado recupere el control de nuestras carreteras.
Hoy la solidaridad de quienes persiguieron a los delincuentes nos da una lección de coraje, pero es responsabilidad de quienes portan el uniforme y el mandato legal garantizar que nadie más tenga que gritar por ayuda en la oscuridad de la vía.


































































